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3. Mayo 2010 por malvantesa.

Estaba sentada, delante de un vaso de agua con su correspondiente pastilla de iboprofeno. Mientras miraba como subían las burbujas hacia arriba, y la pastilla se iba disolviendo, intentaba comprender cómo había llegado a tan calamitoso estado. Era lo que me temía, el día anterior había hecho compra. Sí, esa actividad
tan necesaria pero que a mí, como sigamos así, me va suponer una luxación de muñeca, no se qué en las cervicales y el cuello destrozado. Y es que, yo no vivo en un chalet con garaje incluido, ni siquiera en unos de esos edificios de pisos con garaje en el sótano, que sacas la compra del coche, la metes en el carro de la comunidad ( previamente sisado en el Carrefour) y lo subes en el ascensor a casa. No, yo vivo, en un piso, sin garaje, por lo que la opción del coche queda descartada. Paso de dejarlo en doble fila, que me pongan la multa de rigor, y luego vete a recurrirla, que un histérico pite sin parar porque le he dejado encerrado y de estresarme todavía más.
Lo normal sería optar por la opción de llevar carrito, pero el Átlético lo tiene proscrito, entiende que es feo, cutre y sin ningún estilo ir por la calle con un carro de la compra, además en nuestra casa no hay ningún lugar adecuado para guardar ese trasto tan feo y antipático. Total, que llego al super, lleno todo un carro con todo tipo de bebidas, casi todas en formato cristal, salvo la leche, fruta, productos de limpieza, latas, etc, lo llevo a la caja y pago. La cajera me pregunta si acerco el carro de la compra para llenarlo, pero yo, con un par, le contesto que no, que me lo meta en bolsas que me lo llevo todo a pulso. La tía alucina, me mira bien, por si soy un fenómeno de la naturaleza, y me aconseja que sería conveniente que me provisionase de un buen carrito, que ahora los hay muy monos. Acto seguido, cojo mis diez bolsas, y salgo balanceándome, como un árbol de Navida, cargadita, la gente me mira, y en cada banco tengo que hacer una parada para coger fuerzas, se me saltán las lágrimas, la muñecas se quedan rojas, marcadas por las asas de plástico, pero ya diviso mi portal y queda poco. Hago el último esfurezo y logro llegar. A veces me pregunto que pasaría si en mitad del camino ya no pudiese más, ¿llamaría a algún conocido/familiar para que me viniese a auxilar?, no sé.
Lo mejor de todo, es que me podría presentar a esos concursos del País Vasco de levantadores de piedras, no sé si a día de hoy ganaría, pero tengo opciones. Veré como son las de categoría femenina.
Bueno, no sigo que tengo las muñecas doloridas, voy a tomarme una coca-cola de la nevera, que yo creo que me la he ganado con el sudor de mi frente.

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